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Lo
cannábico no es alternativo.
Publicado en Yerba, 2007.
Si
hiciéramos entre las personas usuarias de cannabis una encuesta sobre cuál es
la orientación ideológica de nuestro propio colectivo social, seguramente la
mayoría diría que somos un sector progre y alternativo. Por otra parte, hace ya
tiempo que desde sectores prohibicionistas se acusa a la llamada “cultura
pro-cannabis” de apropiarse de valores progresistas, como el ecologismo, la
interculturalidad, la lucha por la tolerancia o la justicia. Ahora bien, esa
aureola de progresía real o fingida que se atribuye al colectivo fumeta, ¿es
real? ¿Es el movimiento social, cultural y reivindicativo en torno a la
normalización del cannabis un movimiento alternativo? ¿Pensamos o nos comportamos
diferente del resto?
En
realidad, para responder a estas preguntas, habría que hacer un amplio estudio
sociológico sobre la realidad de las personas usuarias de cannabis. Se ha hecho
mucha sociología en torno al cannabis en el estado español, pero en la mayoría
de los casos se estudian colectivos muy concretos (jóvenes, usuarios a largo
plazo,…), se usan muestras de población muy reducidas o las preguntas se
centran en cuestiones relacionadas con el consumo. Lo que nunca se ha hecho es
una encuesta amplia sobre cómo vivimos y pensamos las personas que consumimos
hachís o marihuana.
Así que mientras alguien
se curra una encuesta así, lo único que cabe son especulaciones basadas en
indicios más o menos indirectos acerca de la ideología, actitudes y estilos de
vida de un sector social que, según cómo lo definamos, puede abarcar desde
cientos de miles a varios millones de personas. De hecho, es extraño que ni
grandes medios de comunicación, ni partidos políticos, ni fundaciones o
institutos de sus alrededores hayan encargado nunca un estudio así. Al fin y al
cabo, la cuestión de la normalización del cannabis, aunque en un nivel
secundario, es un elemento recurrente en el debate político, las personas que
lo han probado suman millones y más de un tercio de la población adulta está
por su legalización. De manera que cabría esperar que los políticos y sus
aliados le dedicaran un rato a estudiar quién pesca más votos entre esa gente,
qué les mueve y cómo conseguir su apoyo o su simpatía.
Los abuelos porretas
Por lo que conocemos de
la época, hasta los años sesenta fumar porros en España era algo vinculado con
sectores más o menos marginales, en algunos casos incluso con el lumpen(1). Los
legionarios aficionados a la grifa son el prototipo del fumeta de la época. Y
desde luego, no se puede decir que fueran un sector progre o alternativo. De
hecho, la cercanía de muchos de estos con el régimen franquista fue una de las
razones que contribuyeron a que durante años el consumo se tolerara o, al
menos, apenas se persiguiera.
Sin embargo, durante la
década de los 60 se va acercando al cannabis un sector social totalmente
distinto. Se trata de jóvenes descontentos con el régimen, muy influidos en
algunos casos por el hippismo y la contracultura que se desarrollaban en el
extranjero, y que convivieron en el tiempo y también en el espacio físico (al
menos en algunas grandes ciudades) con el sector más marginal que les precedió,
los grifotas de toda la vida. Para este nuevo sector fumeta, el hachís y la
grifa tienen unas connotaciones de rechazo de la cultura dominante y
enfrentamiento con el orden establecido. Desde luego, se trataba de un sector bastante
más libertario, transgresor y progresista que el promedio de la población de la
época. Además, fumar porros se convierte en un elemento de identidad y de
cohesión en ciertos grupos y es para muchos una forma de rebelión, de cambiar
la realidad.
Transgresión
si, política no
En la actualidad el
consumo de cáñamo está tan extendido, sobre todo entre la población juvenil,
que sería absurdo esperar que entre toda esa gente tan variada se pudiera dar
algún tipo de uniformidad ideológica o cultural. Ahora bien, no podemos olvidar
que se trata de una sustancia que sigue prohibida décadas después, y cuyo
simple consumo se castiga con multas. De forma que la propia prohibición legal
ha mantenido el carácter transgresor del consumo, y ha ayudado a que la imagen
social de cosa alternativa y moderna que creció durante un tiempo alrededor del
cannabis se haya mantenido más tiempo en pie.
Evidentemente, la
ilegalidad y el riesgo de sanción pueden condicionar el tipo de gente que se
anima a probar los petas. De forma que cabe esperar que entre ellos y ellas se
encuentren jóvenes con más tendencia a rechazar o ignorar ciertas normas, y muchos
estudios sobre el consumo juvenil de cannabis indican que sí hay ciertos
rasgos, como una mayor tendencia a la exploración y a rebasar los límites
establecidos, la búsqueda de sensaciones nuevas y placenteras, etc., que
aparecen en mayor proporción entre ese grupo. Pero a estas alturas, esa actitud
diferente tiene cada vez menos que ver con cuestiones ideológicas, sobre todo
de tipo político. Y esto tiene que ver tanto con la despolitización de la
sociedad como con los avances en la normalización del cannabis.
Asociaciones: Los
últimos de Filipinas
Desde luego, si hay un
colectivo cannábico en el que hay un claro sesgo ideológico, ese es el
movimiento asociativo. Desde luego, esto tampoco es de extrañar. Por una parte,
entre los movimientos y grupos sociales de carácter reivindicativo hispanos
siempre ha habido un predominio claro de la izquierda, como no podía ser de
otra manera viniendo de una larga dictadura de derechas. Por otro lado, la edad
de quienes pusieron en marcha hace años el movimiento asociativo cannábico hace
que muchos de ellos llevaran consigo una visión de la sustancia propia de la
época en que se iniciaron en su consumo y una actitud de enfrentamiento con el
sistema propia también de su generación. Y aunque en la actualidad el
movimiento cannábico se ha rejuvenecido un poquito, lo cierto es que la media
de edad de la exigua minoría organizada está unos cuantos años por encima del
promedio de la población consumidora total. Y es muy posible que sus intereses
tampoco coincidan del todo.
Las revistas: Lo
alternativo como guarnición
Las publicaciones
cannábicas también suelen tener una cierta escora hacia lo alternativo. Además
de críticas a la prohibición de drogas, dedican bastante espacio a cuestiones
como la ecología o la guerra, y suelen incluir textos muy críticos con eso que
se suele llamar “el sistema”. Esto puede dar una imagen un tanto distorsionada
del colectivo fumeta. En realidad, lo que más se lee suelen ser los artículos
de cultivo. Los textos de carácter más político son como las patatas, y el
filete son los cogollos o los trucos contra las plagas. Si hay tanto escrito de
carácter crítico, se debe más a la edad y forma de pensar de los responsables y
a una cierta costumbre o inercia, que a que de verdad suban las ventas. De
hecho, yo mismo tengo dudas sobre cuánta gente os llegáis a leer esta humilde
sección que estás leyendo. Desde luego, gente interesada por estas cosas,
haberla hayla, pero aún así uno no puede evitar a veces un cierto complejo de
dinosaurio.
La calle no es nuestra
Y no solo porque la Ley
Corcuera nos prohíba fumar en la vía pública, sino porque tenemos muy poca
capacidad de llenar las calles con nuestras demandas. Como el resto de la
población, la mayoría pasa de moverse y prefiere buscarse la vida a su manera.
Así que tampoco es de extrañar que entre la minoría fumeta que se toma la
molestia de acudir a las escasas manifestaciones y movilizaciones populares en
torno a la legalización o normalización del cannabis sea mayoría el sector
progresista. Desde luego, es seguro que si miramos cuántos de los asistentes a
la Marcha Mundial de la Marihuana de Madrid acuden también, por un lado, a las
manis de la AVT o la Conferencia Episcopal y, por otro, a las anti-guerra o pro-derechos
de gays y lesbianas, estas últimas ganarían por goleada. Pero eso no significa
que esta división ideológica valga para el conjunto de los y las fumetas. Y es
que hace tiempo que los actos públicos más numerosos en torno al cannabis no
son las manifestaciones o fumadas populares, sino las ferias comerciales.
El negocio es el negocio
Si comparamos el número de
gente que acude a las distintas acciones reivindicativas que se realizan a lo
largo del año en torno al cannabis con la cantidad que visita alguna de las
ferias que se celebran en Barcelona o Madrid, calculo que la proporción sería
aproximadamente de uno a tres a favor de estas últimas. De manera que, al menos
desde el punto de vista de la fiabilidad estadística, lo que sucede en las
ferias es mejor exponente de lo que representa la cultura cannábica que lo que
tiene que ver con el activismo, por mucho que este haya abierto el camino para
que el nuevo fenómeno fuera posible. La vanguardia activista ha dejado paso a
un colectivo más amplio y menos ideologizado, cuyos intereses están más ligados
al consumo. Hemos llegado a un momento en que el movimiento cannábico por
excelencia es salir a comprar.
Desde luego, después de
haber asistido a varias ferias, tengo claro que el tipo de gente que viene a
vender y comprar a ellas es muy distinto de la media de la población. Es más,
está claro que se trata de gente bastante peculiar. La abundancia de piercings
y tatuajes por metro cuadrado es altísima, hay mucha estética propia de muy diversas
tribus, se ven más elementos reivindicativos en el atuendo y la media es
bastante joven. Pero la primera impresión no debe engañarnos. Y no solo porque
la masificación ha banalizado ciertos símbolos (el ejemplo clásico es el Che),
sino porque el formato de las ferias y el comportamiento del público que asiste
no está tan lejos de lo que tenemos por “normal” es estos tiempos.
Por una parte, el
planteamiento del evento es comercial casi al 100%, algo perfectamente lógico
en una feria. De forma que la cosa es vender o, al menos, hacer llegar algún
mensaje publicitario. Así que se reparten montones de muestras gratuitas,
folletos, bolsas con grandes letreros, productos promocionales y toda el
habitual merchandising-basura de cualquier feria. Se promocionan los
cachivaches más curiosos, en ocasiones perfectamente prescindibles y superfluos,
y en muchos casos se venden como rosquillas. O sea, que en despilfarro y
consumismo, no parece que las ferias cannábicas le anden a la zaga a cualquier evento
dirigido a consumidores de cualquier cosa, sea una planta ilegal o viviendas en
multipropiedad. Peculiares y hasta raros, sí, pero de alternativos, poco.
¿Consumo responsable?
Otra faceta del consumo
cannábico son los cientos de tiendas especializadas, por las que pasan decenas
de miles de personas al año. Al comienzo de la experiencia de puesta en marcha
de las tiendas, cuando pocos habían tenido la idea y había mucha inseguridad
jurídica, la mayoría de profesionales provenía del entorno del activismo y, en
muchos casos, ha seguido siendo así. Prueba de ello es la vinculación que aún
hoy existe entre ciertas asociaciones y gente que, por tener una tienda, ha
sido una especie de punto natural de encuentro de cultivadores y usuarios antes
dispersos. Pero luego poner una tienda se volvió normal y hasta conozco el caso
de algún ex-guardia civil que ha abierto una. Así que, aunque una parte de
comerciantes sí se puede considerar concienciada y socialmente activa, en el
resto hay de todo, como en botica.
En cuanto a la gente que
va a comprar o echar un vistazo, también merecería la pena hacer una encuesta. No
existe siquiera una estimación de cuánta gente ha entrado alguna vez en una
grow, pero debe ser una cifra enorme. Y, por lo que me cuentan en las tiendas,
parece que hay de todo, con una variedad a veces sorprendente en cuanto a edad,
extracción social, profesión, atuendo, etc. Así que no creo que de momento se
puedan sacar conclusiones más allá de que se trata de un colectivo tan dado a
comprar casi cualquier cosa que se ponga a la venta como el resto de habitantes
de Consumolandia.
En cuanto a lo que se
vende, sigue habiendo mucho etiquetaje incorrecto y muchos productos de calidad
o utilidad más que dudosas, así que en respeto a los derechos del consumidor la
nota tampoco va a ser muy alta. Por lo demás, la variedad de productos a la
venta es también enorme, aunque no se puede negar que la parafernalia incluye
muchos elementos folklóricos de origen contestatario. Pero el folklore no es
más que eso y, el consumismo cannábico, por mucho que se disfrace de Che
Guevara o No a la guerra, no deja de ser eso, consumismo. Tampoco en esto somos
diferentes.
Cultivo poco ecológico
Sin duda, la mayor parte
del volumen del comercio actual de productos relacionados con el cannabis, al
menos desde la perspectiva de la cantidad de dinero que mueven, tiene que ver
con el cultivo. Las semillas, fertilizantes, lámparas, y demás accesorios proporcionan
la tecnología necesaria para sortear la ley y obtener marihuana sin tener que
recurrir al mercado ilícito, generando un negocio desconocido hasta hace pocos
años. Desde luego, es un gran avance que tanta gente haya sido capaz de cubrir
sus necesidades evitando las limitaciones legales, pero el autocultivo, sobre
todo el de interior, tiene también otros aspectos menos positivos. Uno de ellos
es la desactivación indirecta del activismo: Si me busco la vida, tengo menos
urgencia por cambiar la ley. De hecho, si se dedicara a pelear por la
despenalización tantas horas como a plantar, regar y manicurar, hace tiempo que
la maría se vendería en el súper.
El otro aspecto
problemático es el medioambiental. Nos quejamos del cambio climático y luego
consumimos millones de kilowatios/hora en lámparas, bombas y extractores.
Generamos un volumen impresionante de residuos en forma de macetas, tubos, lana
de roca usada, etc. Y encima elegimos los métodos más artificiales e
insostenibles, como la hidroponía o la aeroponía. Es verdad que la
responsabilidad última de esta locura es de una legislación represiva que nos
condena a ocultarnos, pero no parece que entre los cultivetas predomine la
conciencia ecológica. Por cierto, mi larga experiencia de excursionista me dice
que la proporción de colillas de porros aumenta respecto a las de tabaco cuanto
más natural, protegido y bucólico sea el paraje. Nos gusta la naturaleza para
fumar, pero muchos no nos llevamos la mierda.
¿La marihuana es cosa de
hombres?
Durante mucho tiempo, el
consumo de cannabis ha sido mayoritariamente masculino. Esto está cambiando
entre los últimos años y entre la gente más joven se van igualando las
proporciones entre chicos y chicas. Pero aún así, fumar porros sigue siendo más
bien cosa de hombres. Y aunque no sepamos qué pasa con el cultivo, parece que
tal anda. Y eso se refleja en datos como la escasa participación de mujeres en
el movimiento cannábico, algo que hemos comentado desde hace años en las
asociaciones y que está cambiando, pero muy lentamente. Y también están ciertos
rasgos de estética machista que difícilmente habrían sobrevivido en ambientes
más femeninos e igualitarios.
Hablo de cosas como el
calendario de Canna (ya legendario entre los machos cannábicos) o la sección de
fotos de los lectores de la revista Soft Secrets. El calendario, por muy fina
que sea su estética, no deja de recordar a los clásicos almanaques de garaje. Y
lo de que las fotos con tetas lleven premio, en fin… Y no me malinterpretéis, me
encanta que la gente se despelote, pero es que lo mismo se podían premiar los
culos o las pollas, para que fuera igualitario. También me flipa que la gente
enseñe los cogollos y los pezones pero se tape los ojos. Y luego está el
detalle de que salgan chicas y las cartas las firmen casi siempre chicos,
chicos que tal vez las hayan convencido para enseñar las tetas y ganar ellos
unas semillas, para que luego la revista atraiga público masculino con el
gancho de los topless. Ya me contaréis, pero si esto es ser alternativos…
¿No queríamos
normalización?
Espero que mi repaso no
haya sido demasiado demoledor. Aún podría haberlo sido más, pero me faltaba
espacio, así que lo dejo para otra vez. Mi intención era desmontar la leyenda
de supuesto progresismo que rodea a los porros y, de paso, provocar un poco. A
mí, en realidad, me gustaría que la leyenda fuera cierta y que la extensión del
consumo de cannabis fuera acompañada de una mayor conciencia social, ecológica,
solidaria e igualitaria. Que fumar petas hiciera a la gente más pacifista y
tolerante, y que la mayoría de quienes somos perseguidos por la falsa moral
dominante diéramos la cara y reivindicáramos nuestros derechos. Pero la
experiencia me ha enseñado que la gente fumeta, en general, es como la mayoría.
Y la mayoría se moviliza poco, consume demasiado y se busca la vida por su
cuenta antes que organizarse con sus iguales.
Desde luego, en el
colectivo hay una especie de vanguardia consciente, activista y peleona que es uno
de los motores del cambio. Menos mal. Y creo que la lucha por acabar con la
prohibición de drogas es una importante aportación en el esfuerzo por demostrar
que otro mundo mejor es posible. Pero tampoco nos hagamos falsas ilusiones. La
normalización no nos hace mejores ni peores, solo normales. Llevamos tanto
tiempo pidiendo la normalización del cannabis que a veces no nos damos cuenta
de que, en realidad, hemos avanzado mucho y que la gente que lo consume es
normal y corriente, para lo bueno y para lo malo. Ahora solo falta que las
instituciones se enteren y dejen de darnos caña.
(1): Usó,
J.C. (1996) Drogas y cultura de masas (España, 1855-1995), Madrid: Taurus.
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